Tormentos
Compongan el cuadro: un escenario, una pradera amurallada por los flancos con tiendas donde se vende la hidromiel y el baluarte de la percepción, la música sonando atronadora y magistral y la luna creciente iluminándolo todo. Historias de adolescentes bebiendo la vida con prisa y con pasión, comprendiendo a cada paso la cercanía inmediata y progresiva, dolorosa y casquivana, de realidades alternas que oscilan con frecuencias inescrutables desde los extremos en los cuales los deseos encuentran cuartel o muralla, dependiendo de la convicción en la consideración o desestima de las circunstancias, pegajosas como la miel o como el alquitrán. Lo malo es el tiempo de espera, como todo el mundo sabe. Más abajo, en el circo del glaciar, los ojos extraños indican la dirección por donde algunos expedicionarios arrojados perdieron tiempos de gloria, turbados por la belleza y majestuosidad de los paisajes interiores. Al final, la luna creciente tomó la ruta del bosque y se fue a dormir detrás de un abeto. Tampoco en esta ocasión había lección alguna que aprender.
Dedicado con mucho cariño a Beti Ni Neu
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