Recogiendo los juguetes de mi cuarto
Llegué a la fiesta justo cuando se cerraba la última persiana. Todavía no había salido el sol, pero el cielo ya era muy luminoso. En una esquina de la plaza había un hombre borracho durmiendo en el suelo con la boca muy abierta. Al otro lado, una pareja de adolescentes apuraba hasta el último sorbo de su instante singular. Yo les miraba y pensaba que el amanecer inminente bastaría para diluir un charco de sensaciones en un mar de evidencias, pero mi opinión no podía ser objetiva. O, mejor dicho, sería un milagro que alguien que ha llegado tan tarde a la fiesta pudiese contar las cosas que allí habían ocurrido con la sagrada objetividad del intoxicado. Mejor que le preguntaran al borracho. Mientras volvía a casa con la esencia amarga de la frustración envenenándome intensamente, iba analizando las causas de mi intolerable retraso. Me di cuenta de que en ningún momento de la noche había sido consciente del paso del tiempo, como si esperase que sólo con creer en la existencia de un eterno suspenso cronológico éste fuese a tomar cuerpo. Es hora de saber si pagaré caro mi error o se me otorgará una segunda oportunidad: caminaré por las calles orientadas hacia el este y, cuando salga el sol, quizás me diluya en su luz como un destello fugaz que nadie llegó a ver.

Ilustración: Javi Kint
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