Otoño
En cuanto se veía el desgarro que el final de la primavera había dejado en lo humano, se comprendía claramente que esto no era una cuestión que resolveríamos en la compañía de la luz, tras la muralla de los lobos mansos. Los olores conocidos no volverían a llenar nuestros pulmones con el valor del cobarde enfurecido. Nos habíamos quedado solos. El verano certificó el final del antiguo código. Todos queríamos salir al paso de las caravanas para alimentar la ilusión de que no habíamos creado una irreversible pandemia, pero mediante señales nos indicaban que ellos procedían también de una tierra enferma. Ya no había un lugar en nuestro espíritu para esconder lo ajeno. En el apogeo de la tragedia decidimos sacrificar todo lo bello que en algún momento de nuestras vidas habíamos conocido. Purgamos nuestros recuerdos y encendimos una enorme pira donde ardió cada objeto que había sido creado por las manos humanas. De esta forma nos quedamos también huérfanos de historia. A veces algún idiota mira hacia el horizonte creyendo distinguir la silueta de un gran profeta. A esos hombres se les ve saliendo de la ciudad fortificada a empellones, gritando enloquecidos con los ojos quemados por el sol, pero ninguno de ellos ha regresado para contarnos las causas de su entusiasmo ya que, aunque lo niegan, ellos también están afectados por nuestro mismo mal. Ya sólo nos queda esperar el regreso de las tormentas primigenias, que pasarán por encima de las ciudades fulminando a todos los que llegamos demasiado tarde al advenimiento de la ingenuidad.

Ilustración: Javi Kint
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