Mad Max
Se agravan las lapidaciones de autobuses. Ya sólo les falta entrar a sangre y fuego en el autopullmans de lujo, violar a las mujeres y clavar el pendón feudal en la caja del aire acondicionado. Lo admito: tengo canguelo y por eso me quedo en casa. Mi espíritu pacífico y mi cálido esquijama disuaden al más pintado. Las road-operas no se hicieron para mí.
Wick versus machina
Impresionante. Nuestro prominente compañero de piso ha sacado la PSX2 del cuarto para ver la última de Miyazaki en DVD. En esto que la consola se pone boba y no lee el redondo disco. Hemos soplado, limpiado, fregado y hasta suplicado. No hay arroz, Catalina. A grandes males, grandes remedios. Wick se ha acercado a donde se supone que una PlayStation tiene las orejas y, con voz susurrante, ha amenazado con tirarla por la ventana en el inconveniente caso de que nos quedemos sin cinexín. Mano de santo, oiga. Hasta nos ha parecido oír un débil silbidito, como de alegría en el trabajo, que es como debe de sonar la hipocresía en una máquina desesperada que sólo quiere salvar sus egoístas circuitos.
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