Razones para romper la calma
¿Que por qué no escucho jamás mis viejas cintas? Es que es época de alto oleaje. Rompen contra el espigón ondas enormes que se diría quieren tragarme para siempre. Los embates, tan violentos que hacen temblar el suelo y el templo de la colina que aún no existe, levantan columnas de espuma tan altas que se confunden con las nubes de tormenta. El viento es fortísimo. Azota la costa y el bosque de pinos negros con un ímpetu que parece vengativo, y silba en mis oídos, en tono desafiante, palabras malsonantes en idiomas inventados, tan alto que no puedo oír lo que dicen mis vecinos desde el pueblo: tal vez que corra buscando el abrigo de las cuevas. No lo sé. No es el momento de las soluciones cobardes, porque espero la llegada de acontecimientos nuevos que ya estuvieron aquí una vez, que tienen la faz cuajada de surcos de un tiempo que transcurre amable las más de las veces, pero que no envejecen nunca, que siempre nos traen un regalo de ultramar, y que nos hablan con una voz amable y poderosa, y dicen palabras que nos hacen más sabios y más grandes. Ni siquiera después de su llegada habrá un momento propicio para mi vieja música, que entregaré a la providencia de lo casual como un regalo para mí mismo.
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